top of page
Buscar

Los apellidos mayas

  • Foto del escritor: Camila Escalante Martín
    Camila Escalante Martín
  • 21 feb
  • 7 Min. de lectura

Comencé a escribir este texto desde 2023, tenía 19 años. Intenté mantener el sentimiento original y solamente complementarlo con mi opinión y perspectiva en la actualidad.


A mis 10 años me enseñaron a avergonzarme de mi color de piel. 

A mis 11 años a avergonzarme del color de mis ojos. 

A los 15 años de mi acento. 

A mis 17 de dónde vengo. 


Mi nombre es Camila Darina Escalante Martín, hija de Saydi Martín, nieta de Manuela Suaste y bisnieta de Anastacia Keb. Tengo 21 años y desde que tengo memoria me han avergonzado por mi origen, de lo que soy y de dónde vengo. Soy nacida en Mérida, Yucatán, la tierra del faisán, la vaquería y la jarana. A mis 17 años entendí que soy de Mérida, pero no de esa Mérida: la de redes sociales, publicidad, esa Mérida “Blanca”, la Mérida privada y única. Muchos años después entendí que yo nunca pertenecí. 


Mi familia no viene de grandes empresas o casas en el centro. Mi familia materna viene de un municipio rebelde, llamado Sotuta, mi abuelo y mi abuela estudiaron hasta primaria y toda su vida se dedicaron a buscar maneras de mantener a sus hijos, mi abuela era repostera, costurera, cocinera, pintora y comercianta. Mi abuelo era carnicero, ganadero y trabajaba en haciendas. 


Desde que tengo memoria aprendí a tomar en jícara, bañarme a cubetazos, ir a la fiesta del municipio cada septiembre, pero cada noviembre preparar el altar a mis difuntos y honrarlos en Janal Pixan, bailar jarana en la iglesia de la colonia y prepararme para la vaquería cada año. 


Si bien la conciencia de mi origen y lo que conllevaba no la tuve de un día para otro, tengo un recuerdo que me hizo entender que en Mérida no todos éramos iguales. Tenía 17 años, mi mamá pasó por mí después de la escuela. Siempre nos poníamos al día en el trayecto de 15 minutos de mi escuela a casa de mi abuelita, teníamos esos breves momentos para platicar nosotras dos a solas y contarnos nuestra mañana, pero ese día, mi mamá traía una cara un poco diferente. 


Recuerdo que comenzamos a conversar, pero todo parecía normal, nada diferente a otras mañanas, sin embargo, yo solo esperaba que pronto me dijera qué sucedió. Conversamos durante unos minutos, hasta que después de una breve pausa me dijo “no sabes lo que me pasó hoy que fui a visitar a mi amiga” con un tono entre preocupado y pensativo, estaba viendo hacia el camino pues iba manejando, pero no veía expresión en su rostro. Esta amiga la conocíamos hacía muchos años, de esas mujeres que viven en una de esas casas por Campestre, de familia bien posicionada, descendente libanesa y con un esposo que fue médico en hospitales privados durante años. Yo le pregunté qué había sucedido, esperando algún chisme de alguna otra vecina o amiga en común. A lo que ella continuó “estábamos platicando de su hija, ya sabes, la que estudió derecho en la universidad esa (una universidad privada de la ciudad), pues que me dice que llegó el otro día y le contó que le gustaba un muchacho, pero su mamá le dijo que no podría salir con él, se lo prohibía y no lo aceptaba”. Esa amiga tenía una familia “común”, vivía con su esposo, dos hijos y una muchacha de un municipio que había ayudado a “cuidar” a sus hijos (la mujer se había encargado de criarlos y educarlos). Sabía que la amiga tenía un temperamento difícil, pero me sorprendió un poco su reacción, a lo que yo respondí “way, pero ¿qué hizo? ¿por qué?”, a lo que me responde mi mamá sin dejar de mirar a la carretera “Eso es lo peor. Le prohibió salir con él porque se apellidaba Cauich, y que ella no permitiría que saliera con una persona con un apellido así”. 


Silencio. Silencio entre las dos. 


“¿Es porque es un apellido maya, verdad?” le respondí. Y mi mamá, sin dejar de ver el camino como durante toda esa breve conversación, sin expresión alguna, respondió “sí, es por eso” y no dijo más. No faltaba decir más. 


Esa tarde, a mis 17 años, no solo entendí que debía avergonzarme de mi color de piel, del color de mis ojos o de mi acento, sino que tenía que agradecer no tener un apellido maya, y no pensar ni en la remota posibilidad de relacionarme con alguien que sí. Y era extraño porque conocía a muchas personas con apellidos mayas, pero esa tarde fue como desbloquear un pendiente más: era un motivo de vergüenza tener un apellido así.  No era suficiente vivir avergonzada de mi origen, de lo que soy y de dónde vengo, también debía mediar hasta dónde quería empeorar mi “estatus”. Y es que yo para ese momento ya odiaba mi color de piel, no usaba ciertos colores de ropa o era un no rotundo ponerme tonos rubios en el cabello, comenzaba a hacer todo lo posible por no verme más morena, o para marcar menos mi acento, o usar cierta ropa para no verme “más pobre”, porque crecí entendiendo que tener piel morena, acento marcado o apellidarse Chan, Chí, Pech, Cab, Keb, Ek, o cualquier apellido maya, es de gente “pobre”. Porque el racismo no existe sin el clasismo. 


En su libro “Las élites de la ciudad blanca. Discursos racistas de la otredad”, la antropóloga Eugenia Iturriaga Acevedo, habla de las relaciones de clase en Mérida, “Donde las clases sociales se han construido históricamente relegando a posiciones inferiores a la población indígena, donde la pobreza no sólo ha significado exclusión de bienes económicos sino también de bienes simbólicos valorados, como el color de la piel y, en el caso yucateco, los apellidos”. 


Desde que tengo memoria, he escuchado diversidad de comentarios hacia los apellidos mayas, si no tenías un apellido maya, no podías ni pensar en casarte con alguien que sí, porque “no se veía bonito” “arruinarás tu apellido” o “no pegan”. Recuerdo los comentarios de gente cercana, que se creía (y creen) superior y con más estatus por no tener apellidos mayas.


En 2024 decidí hacer una investigación con dos amistades de la universidad, Sara y Jasper, si bien Sara y yo nacimos en Yucatán, Jasper no, pero llevaba más de 7 años en la ciudad. Para una tarea, teníamos que hacer una investigación cualitativa de algún tema social, y yo les propuse investigar sobre la discriminación a los apellidos mayas en universidades de Mérida, aunque indagamos otras posibilidades, al final me dijeron que sí. 


Entrevistamos 53 estudiantes, de cuatro universidades: Universidad Anáhuac Mayab (UAM), Universidad Marista (UM), Universidad Autónoma de Yucatán (UADY) y el Instituto Tecnológico de Mérida. Tardamos seis meses realizando la investigación, y en pleno 2024, los resultados nos dejaron claro que en las universidades, la violencia hacia los apellidos mayas es una realidad invisible y lacerante. 


Más del 40% de los estudiantes entrevistados reconocían la violencia por razón de apellidos. Los resultados nos mostraron que en la UADY es la universidad con más casos de discriminación, seguida por la Marista. En específico me acuerdo de una entrevista que realizamos a una persona que estudiaba en esta última y se apellida Chan, nos contó que en el kínder no lo querían aceptar en una escuela porque le daban preferencia a los “apellidos conocidos” en la sociedad yucateca, pero menciona que la primera vez que lo discriminaron por su apellido fue en la secundaria, donde se burlaban que “Chan” significaba “pequeño”, burlas que continuaron hasta en la universidad. Esto llegó al punto en el que algunas personas definían su origen social basándose en su apellido, sin conocerlo realmente. 


El clasismo y racismo detrás de estas ideas es palpable, muy relacionado con la creencia de la superioridad de la raza española, como bien lo menciona Iturriaga: “En efecto, el apellido de las élites tradicionales y el apellido maya constituyen un signo de diferencia y distinción, pero también de exclusión, de prestigio para las élites (descendientes de los viejos hacendados ricos), un estigma para mestizos y mayas, los descendientes de los mayas civilizados”. Gracias a estas ideas, la sociedad se ha segmentado, se cree que hay personas “mejores” o “peores”, por algo que no está en sus manos como su origen, color de piel o apellidos. Me di cuenta de que esas ideas escalaban, de ideas a actitudes, y eso es violencia.


Por años, en la Península de Yucatán, sí, la península donde el pueblo maya habitó por AÑOS, existe un rechazo a los apellidos mayas, una discriminación y exclusión, porque se ha creído que tu apellido mide tu valor en la sociedad, el respeto que te mereces, las oportunidades que te llegan, o si eres aceptada en ciertos espacios o no, más en Mérida, la ciudad blanca, la ciudad racista. 


En la actualidad, la pérdida de nuestra cultura y sus herencias por la creencia de una raza superior a la que se debe aspirar, es una situación decepcionante, como si no hubiéramos aprendido nada de nuestra historia, la historia de nuestro Estado. Seguir perpetuando la idea de las "razas" en la sociedad no solo es dañino, sino violento para miles de personas, y es una de las causas de la pérdida de la cultura maya. Es momento de reivindicar los apellidos mayas, antes de que sea muy tarde. 


Entender las violencias de clase es necesario para luchar por la libertad y la dignidad. Es necesario cuestionar muchas las cosas que nos han enseñado, escuchar la vivencia y la realidad de las personas que quieren cambiar las cosas apostando para la dignidad y el reconocimiento de todas las personas. Hay que entender qué es un trabajo en comunidad, y que como sociedad es nuestra responsabilidad lograr estos cambios. 


Aunque yo no pude heredar los apellidos mayas de mi familia, el apellido Keb de mi abuela materna y el apellido Pech de mi abuelo materno también son parte de lo que soy hoy, mis dos abuelos son de Sotuta, un pueblo de resistencia y lucha. Y mi decisión más valiente fue rebelarme ante lo que me enseñaron, fue que decidí estar orgullosa de mi origen, mi historia familiar, mi color de piel y mi acento.  


¿Cómo no estaría orgullosa de tener descendencia de un pueblo milenario? De los más fuertes en resistir, reflejo de lucha, resistencia, valentía. ¿Cómo no estaría orgullosa de ese origen? Ahora nombro de dónde vengo, quién soy, siempre nombrando mis ancestras, y aunque en mi nombre tristemente no pude conservarlo, en mi historia y en mi lucha lo seguiré haciendo.


 
 
 

Comentarios


bottom of page